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Historia

Auschwitz reabre sus puertas: un recorrido por el horror y la muerte con la guía que creció junto al campo de exterminio

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Agnieszcka sentía la necesidad de volver a trabajar. Es eso, lo consideraba necesario. Hay un factor económico que influye, es cierto, pero la razón prioritaria para ella sigue siendo la misma que la llevó a hacer lo que hace desde 2011 cuando se sumó al staff del Museo de Auschwitz–Birkenau: contarle al mundo lo que pasó en el campo de concentración más emblemático que funcionó en el sur de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial y que por la pandemia tuvo que cerrar sus puertas. Hasta hoy.

Agnieszcka Fajferek es una de las 300 guías que hasta la irrupción del Covid-19 comandaba la visita de grupos de turistas por el que fuera el centro más grande de exterminio durante la invasión nazi. Son horas especiales para ella, en lo laboral y en lo afectivo: el 27 de enero se cumplieron 76 años de la liberación del campo, y hoy, 1 de febrero, el museo que funciona allí como testimonio de lo ocurrido, volvió a abrir sus puertas tras haber estado vedado al público más de seis meses, algo que no había ocurrido nunca desde su creación en 1947.

“Yo quería volver a trabajar, me gusta mucho lo que hago. Pero además considero que es necesario que el museo esté abierto para que cumpla su función de mostrar lo que ocurrió acá, mantener vivo todo lo sucedido”, dice la polaca con un castellano en el que se mezclan las zetas españolísimas con la pronunciación dura de las c y las erres por la influencia de su lengua natal.

“Lo que aquí ocurrió es la historia de mis abuelos, de mi familia, y de muchísimos polacos. Para mí es muy importante contar toda esta historia. Yo me di cuenta que se la quería contar al resto de la gente”, asegura con pasión Agnieszka, nacida y criada en Oswiecim, la ciudad en la que los nazis radicaron el campo de concentración en el que se estima murieron entre 1,1 y 1,5 millón de personas -el 90% de ellos judíos-.

La polaca de 33 años, hace 10 se incorporó al staff del Museo Auschwitz-Birkenau y es una de las 15 guías que trabaja con visitantes de habla hispana (la recorrida puede hacerse en 22 idiomas). Tal cual hacen todos los habitantes de las zonas aledañas al campo de concentración, aclara que su pueblo natal se llama Oswiecim, “ese era su nombre antes de la guerra y lo es después de ella, sólo durante la invasión nazi se denominó Auschwitz, nombre que sí le quedó al campo”, explica marcando la importancia que tiene para ellos hacer la diferenciación.

Pandemia económica

El museo viene de enfrentar un 2020 muy difícil desde lo económico. A raíz del Covid-19 debió cerrar sus puertas y estuvo vedado para recibir visitantes de marzo a junio, y de noviembre a enero. Pero en el lapso que pudo abrir, fueron muy pocos los visitantes que concurrieron. Según se informó en forma oficial, 502.000 personas visitaron el Memorial -la mayoría lo hizo entre enero y febrero-, apenas un 20% de la cantidad que lo hizo en 2019, año que fue récord con más de 2,5 millones de visitas.

La abrupta caída en el número de concurrentes provocó un enorme hueco en el presupuesto del Museo, cuyo principal ingreso proviene del aporte de los tickets que abonan los visitantes. Eso motivó que se descartaran muchas inversiones, actividades y proyectos prioritarios que estaban planificados en el marco del 75 aniversario de su liberación en el transcurso de 2020. Pese a los mayores aportes hechos por el gobierno de Polonia y de otras naciones que apoyaron a la Fundación Auschwitz-Birkenau, y de distintas instituciones, la situación financiera del Museo sigue siendo muy difícil. Por eso esta nueva etapa genera muchas expectativas.

“Vamos a ver qué ocurre ahora, en 2020 cuando el museo estuvo abierto, no vino mucho público. Y no sabemos si eso cambiará a partir de estos días”, explica Agnieszka.

La reapertura se lleva a cabo bajo estrictos protocolos sanitarios para cuidar la salud de los visitantes: grupos de hasta 15 personas, distanciamiento social, necesidad de utilizar barbijos en el interior y se limitó la cantidad de público que puede estar recorriendo el museo en forma simultánea. También se han instalado dispositivos para la desinfección de manos sin contacto en varios lugares de las instalaciones y una puerta de desinfección especial frente a la entrada principal.

Se ha preparado una ruta turística especial para los visitantes, que minimiza el número de lugares en los que pueden confluir los grupos. Dentro de los edificios, sólo debe seguir la ruta de sentido única marcada y hay algunos lugares cerrados que están temporalmente excluidos de las visitas, por ejemplo el sótano del Bloque 11 en antiguo campamento de Auschwitz I.

A la sombra de los alambrados

Toda la familia de Agnieszka es oriunda de Oswiecim, ciudad que hoy tiene 40.000 habitantes, y desde que ella tiene memoria, Auschwitz forma parte de su vida. Tiene tatuado en su memoria el primer día que visitó el campo: “Estaba en la escuela primaria y fui con mis padres. Fue el día de los difuntos, lo recuerdo muy bien. Entramos a la cámara de gas y dejamos una vela. Me puse a llorar porque tenía miedo y nos tuvimos que ir. Recién volví a los 18 años”.

Durante la adolescencia sus padres y abuelos comenzaron a contarle “las barbaridades que ocurrieron en el campo”. Así despertaron sus ganas de saber y de aprender en profundidad lo que había ocurrido en ese lugar ubicado a apenas 20 cuadras de su casa. Pero también qué había pasado alambrado para afuera.

Auschwitz comenzó a funcionar como campo de concentración en la primavera de 1940 y durante los primeros meses los habitantes de la ciudad mantuvieron una vida relativamente normal. Si bien observaban el maltrato que recibían los prisioneros cuando eran llevados a hacer trabajos fuera del predio, los vecinos no tenían conocimiento pleno de lo que ocurría adentro.

“Mi familia -bisabuelos y abuelos- vivía a dos kilómetros del campo base y ayudaba a los prisioneros. Sobre todo les daban comida, porque mi abuela recuerda que se los trataba muy mal y que pasaban muchísima hambre. Ella sabía que se moría gente en el campo, pero creía que las muertes se producían por el trabajo tan duro que les exigían a personas que estaban en muy malas condiciones. No sabía que se mataba a la gente en forma sistemática”, explica la guía.

“Mi abuela se acuerda del olor que tenía el humo que salía de las chimeneas del campo, olía a carne quemada. Cerraban puertas y ventanas para evitar que el olor impregnara todo. Pero creía que se incineraban los cadáveres de los muertos que había durante la jornada de trabajo. No sabía de la existencia de las cámaras de gas y que se mataba a tanta gente todos los días”, agrega.

Ya transitando una noche de 1941, los nazis realizaron un operativo simultáneo en todas las casas de los habitantes de Oswiecim y de las localidades ubicadas en un radio de 45 kilómetros a Auschwitz. “Entraron y les dieron 15 minutos para hacer sus maletas y abandonar el pueblo”, cuenta Agnieszka. Algunas de las viviendas fueron ocupadas por los oficiales alemanes de alto rango. “Sabemos que en mi hogar vivieron nazis con sus familias. Mientras que mis familiares fueron obligados a establecerse en otro pueblo cerca de Cracovia (la ex capital de Polonia ubicada a 70 kilómetros de campamento) y debieron trabajar para ellos”, completa. Otras casas, en cambio, fueron destruidas y los ladrillos utilizados para las construcción de las barracas del campo de concentración.

La virtualidad

Con la pandemia establecida, el Museo potenció sus canales virtuales para amortiguar la imposibilidad de recibir visitantes. El espacio de Internet se volvió particularmente importante, tanto en el ámbito de la conmemoración como en la educación, así como la construcción de una comunidad virtual de memoria a través de las redes sociales.

Siempre según la información emanada del propio Museo, en 2020, se registraron más de 16 millones de visitas en el sitio web del Memorial, aumentó significativamente los concurrentes a la educación online mientras que el interés por la visita virtual a panorama.auschwitz.org ha aumentado en más del 100% en relación a 2019: fueron casi 330.000 personas las que participaron del tour virtual y escucharon el testimonio de sobrevivientes.

Incluso, hace menos de una semana, la celebración del 76 aniversario de la liberación de Auschwitz, no se realizó en el campo, sino en Internet. El evento se transmitió por los sitios web www.auschwitz.org y 76.auschwitz.org, así como por el canal de YouTube del Sitio Conmemorativo, Facebook y Twitter.

Para Agnieszka la virtualidad es una muy buena herramienta, pero al igual que en muchas otras actividades entiende que es un complemento, no una protagonista exclusiva. “Una visita virtual posibilita que la pueda realizar cualquier persona en cualquier parte del mundo y continuar con la misión del Museo de difundir lo ocurrido, pero no genera el impacto que provoca estar presente en el lugar”, cuenta la polaca que decidió aprender castellano por las novelas argentinas y venezolanas que vio por TV en su adolescencia.

“Yo estoy a favor de todo lo que posibilite mantener viva esta historia, pero también considero que en Internet se corre cierto peligro que se altere la información. Cuando nosotros realizamos las visitas guiadas está prohibido que graben lo que decimos, porque hay pasado que gente luego eso lo corta y modifica las frases, y luego queda la guía dijo ‘las cámaras de gas no existían’ o que ‘servían para desinfectar la ropa no para matar’”, cuenta.

“En Europa hay muchos grupos de ultraderecha, gente racista, que odia a todo el mundo, intolerantes, y eso se nota en Polonia también”, asegura.

Por estas horas se está definiendo la realización de visitas guiadas online. “Nosotros iríamos con celulares y una cámara, y haríamos el recorrido por el terreno contando todo como si fuera presencial. El que quiere participar deberá comprar la entrada virtual”, comenta sobre la alternativa que estudian las autoridades del Museo ante la continuidad de la nueva normalidad.

El recorrido presencial por el Museo tiene una duración de casi cuatro horas. Los guías van relatando lo ocurrido y describen el uso y de qué se trataban las distintas instalaciones del campo base (Auschwitz I) primero, y de Birkenau (Auschwitz II) después, luego de un breve descanso de 15 minutos.

Las víctimas

Tras una década de trabajo en campo, Agnieszka experimentó la mutación que sufrió el Museo a raíz de su crecimiento en popularidad. En los últimos diez años el número de visitantes fue incrementándose hasta superar los 2,5 millones de personas en 2019. Y eso generó presupuesto también para ampliar el personal que hoy trabaja en los archivos, en la editorial, en el Centro de Educación sobre el Holocausto, en la promoción de intercambios de estudiantes.

El aumento de la cantidad de visitantes le cambió la fisonomía al campo en relación a una década atrás. Hoy hay un gran estacionamiento, hay un restaurante, un bar, baños bien acondicionados, tiendas de venta de libros… “A mí no me gusta todo lo que se generó alrededor, pero entiendo que los turistas tienen necesidades y que el lugar tiene que estar preparado para eso. Además de que es una fuente de ingreso”, analiza la joven polaca, quien también se desempeña como guía en Cracovia.

La popularidad alcanzada por Auschwitz genera sentimientos encontrados en ella. Por un lado está el lado positivo: “Yo creo que todo el mundo tiene que venir y saber lo que pasó acá”. Por el otro, el negativo: “Esto no es un parque de diversiones… Considero que estamos ante un peligro de que esto sea tomado como una atracción turística, que dentro de 15 años la gente venga sólo por curiosidad, para decirle a los demás ‘estuve en Auschwitz’, y no visite el Museo por lo que aquí pasó ni por las víctimas. Yo siempre digo al principio de la visita que estamos en un cementerio, y por eso hay que respetarlo. Y los más importante acá son las víctimas”.

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