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Nayib Bukele arrasó y abrió un temor: qué hará el “populista millennial” con el poder absoluto en El Salvador

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Nayib Bukele entró al palacio legislativo rodeado de militares que portaban armas largas. Caminó delante de las bancas ante la mirada incrédula del puñado de diputados que estaban presentes en el recinto y se sentó en la silla del presidente del cuerpo, que estaba ausente.

“Ahora creo que está muy claro quién tiene el control de la situación y la decisión que vamos a tomar la vamos a poner en manos de Dios”, anunció. Estuvo a punto de dar por iniciada una sesión que no tenía ninguna validez legal, pero se tomó un momento para orar, cubriéndose el rostro. Cuando terminó, se levantó y se fue, acompañado de su escolta.

Ese 9 de febrero de 2020 fue el día en que El Salvador estuvo más cerca de un golpe de Estado desde el retorno de la democracia, tras los acuerdos de paz de 1992, que pusieron fin a décadas de guerra civil. Entre la creciente presión internacional y la respuesta que quizás recibió en sus oraciones, Bukele se convenció de que lo mejor era deponer sus amenazas de desplazar por la fuerza a los legisladores opositores, que eran mayoría en la Asamblea unicameral.

Para ganar tiempo, convocó a una nueva sesión para la semana siguiente, en la que esperaba que le aprueben un crédito contraído con el Banco Centroamericano de Integración Económica. Pero la Corte Suprema le dio la excusa para el repliegue, al declarar inconstitucional la convocatoria. En ese caso, acató la decisión del máximo tribunal del país, algo que no siempre hizo.

Muchos presidentes podrían haber sufrido consecuencias devastadoras por un avance comparable sobre el Poder Legislativo. Pero no es lo que le pasó a Bukele. Por el contrario, la osadía de la decisión consolidó su popularidad entre los salvadoreños, que un año más tarde decidieron darle el control total del país.

“Hay una cultura autoritaria de un amplio sector de la sociedad salvadoreña, que anhela muy en el fondo un líder que ejerza el poder con matonería, que actúe por encima de la legalidad con aires mesiánicos”, dijo a Infobae Carlos Mauricio Hernández, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. “Por otro lado, el desprestigio del Órgano Legislativo es alto. Hasta ahora, no aprobó reformas constitucionales que se tradujeran en beneficios sociales claves. El 9F, aunque fue un acto reprochable desde la racionalidad, conectó emocionalmente con el sentir de un amplio sector de la población que repudia a la Asamblea Legislativa”.

Nuevas Ideas, el partido de Bukele, obtuvo el 66% de los votos en las elecciones legislativas del domingo pasado. Si se suman sus bancas con las de otras fuerzas aliadas, tendrá 64 de las 84 que componen la Asamblea. Una mayoría de más de dos tercios, que lo habilita a aprobar cualquier ley, nombrar a jueces en la Corte y, eventualmente, impulsar una reforma constitucional.

Las razones de un triunfo aplastante

Tras décadas de gobiernos conservadores, la victoria del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en las elecciones de 2009 despertó esperanzas en muchos salvadoreños. Mauricio Funes prometía terminar con la corrupción que había caracterizado a la era de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y sacar a millones de personas de la pobreza con políticas redistributivas.

Pero ni él ni su sucesor, Salvador Sánchez Cerén, estuvieron a la altura de las expectativas. Luego de diez años de la izquierda en el poder, El Salvador seguía siendo el mismo país pobre, pasmosamente violento y con una política corrupta.

La desilusión y el rechazo hacia toda la clase dirigente era enorme. Así se crearon las condiciones para la emergencia de un líder que parecía venir de otra galaxia. Publicista, joven —tenía 37 años cuando asumió— y con un discurso y una imagen que no tienen nada que ver con lo que se asocia a la política convencional, Bukele se convirtió en un personaje increíblemente atractivo para millones de personas.

“La razón fundamental de este cambio de preferencias electorales se debe a que tanto ARENA como el FMLN fallaron de manera escandalosa en las tres grandes banderas que marcan al electorado salvadoreño: pan, paz y trabajo —continuó Hernández—. Ni en los 20 años de gobiernos de derecha ni en los diez años de la izquierda se logró una sociedad donde las mayorías tuvieran condiciones de vida digna, seguridad ni empleos con salarios justos. No es casual que el FMLN esté casi por desaparecer”.

Tras un fugaz paso por la alcaldía de San Salvador, y con la ayuda de un partido prestado, Bukele se impuso en las presidenciales de febrero de 2019 por más de 20 puntos de ventaja a los candidatos de ARENA y del FMLN. Los que esperaban un presidente diferente a los anteriores, lo tuvieron desde el minuto inicial.

En vez de perder el tiempo pasando por los laberínticos caminos de la burocracia estatal para implementar sus políticas, empezó a gobernar a través de Twitter. Desde despidos de funcionarios vinculados a gobiernos anteriores hasta obras de infraestructura, las órdenes se publican en su cuenta de la red social antes que en el boletín oficial. Por ese mismo medio se comunica con sus ministros, que le responden obedientes ante la vista de toda la tuitósfera. Bukele se transformó en el primer “populista millennial” de América Latina.

“A su estrategia electoral de capitalizar el hartazgo con los partidos tradicionales se sumó una masiva y millonaria campaña de marketing publicitario, junto al uso abierto y escandaloso del aparato gubernamental para hacer proselitismo a favor de su partido, lo que no dio margen a la competencia e invisibilizó al resto de los contendientes”, explicó Jeannette Aguilar, investigadora salvadoreña en temas de seguridad ciudadana y opinión pública, consultada por Infobae. “De un estimado de USD 12 millones invertidos en pauta publicitaria, 9 millones fueron gastados por Nuevas Ideas. Un elemento más que movilizó a sectores populosos fue la entrega de canastas de comida y otras regalías en los días previos a la elección, en un contexto en el que amplios segmentos de la población están pasando grandes necesidades económicas”.

La frustración que produce la democracia cuando partidos con orientaciones contrapuestas se muestran impotentes para resolver problemas básicos predispone a la ciudadanía a abrazar a líderes fuertes, con capacidad de acción, sin importar las reglas que se rompan en el camino. Esa aspiración encarnó Bukele. Y su popularidad trepó a niveles nunca antes vistos en El Salvador.

Especialmente cuando de la mano de su discurso duro contra el delito se produjo una notable reducción de los asesinatos. El Salvador terminó 2020 con 1.322 homicidios, 20 cada 100.000 habitantes, un 45% menos que en 2019. Bukele se atribuye toda la responsabilidad por la mejora de la seguridad en el país, gracias a su Plan de Control Territorial, que consistió en desplegar a las fuerzas militares en distintos puntos del país.

Pero hay muchas cosas llamativas en los datos. Lo primero es que el descenso comenzó incluso antes de que asumiera Bukele. De por sí sería llamativa una baja en los meses iniciales de gobierno, porque desarrollar una política de seguridad consistente lleva tiempo. Pero si la reducción es previa a las medidas, la principal hipótesis debería ser que no se debe a ellas.

Una investigación del International Crisis Group (ICG) aportó más evidencias a esa hipótesis. Al comparar 22 municipios que formaron parte del Plan de Control Territorial con 31 que quedaron excluidos, detectó patrones muy similares en la merma de los homicidios.

Lo que creen los investigadores del ICG es que fue resultado de una decisión que tomaron las organizaciones criminales que tienen un amplio control territorial en El Salvador, como la Mara Salvatrucha y Barrio 18. Es que no es la primera vez que sucede algo así. El Salvador había terminado 2011 con una tasa 70 homicidios cada 100.000 habitantes, pero al año siguiente cayó a 40,8. Nadie sabía por qué, hasta que se develó que fue parte de una tregua entre las pandillas y el gobierno. Pero esta se rompió en 2014 y los homicidios volvieron a trepar, hasta llegar a 103 cada 100.000 habitantes.

Es imposible saber qué va a pasar este año con la inseguridad en el país. La única certeza es que Bukele seguirá capitalizando políticamente estas estadísticas.

Inquietud por un presidente que arrasa

El mayor interrogante que despierta el aplastante triunfo legislativo de Bukele es qué será capaz de hacer ahora, que puede aspirar al control de todos los poderes del estado. Si cuando el Congreso y la Corte Suprema le eran esquivos estuvo todo el tiempo a punto de avasallarlos, hasta dónde lo llevará su voracidad con una mayoría parlamentaria que le permitirá redefinir institucionalmente al país.

Bukele está en condiciones de gobernar sin contrapesos. Porque además de los otros poderes del estado están la Contraloría y la Fiscalía General, con las que también ha chocado cuando objetaron algunas de las medidas que tomó. Eso dejará de ser un problema, porque tendrá las manos libres para nombrar en ellos a funcionarios que le sean leales.

“Hay dos posibles escenarios: un esfuerzo continuado del Ejecutivo por el control absoluto de las instituciones y de todos los mecanismos de poder, o una etapa tranquila con un presidente que al ya no estar en minoría parlamentaria se abra al diálogo y al consenso con el resto de los sectores de la sociedad para resolver la grave crisis económica del país”, dijo a Infobae Héctor Samour, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana de San Salvador. “Es más probable que se imponga el primer escenario. Se trataría de un autoritarismo creciente con control de instituciones, propaganda intensa, asistencialismo populista y falta de reformas estructurales para solventar los graves problemas del país”.

El primer paso que suelen dar los presidentes populistas cuando están en estas condiciones es correr o eliminar restricciones para extender el horizonte de sus gobiernos. El vicepresidente Félix Ulloa presentó en enero un proyecto de reforma constitucional que proponía subir de cinco a seis años el mandato presidencial a partir de 2029. Considerando que en El Salvador no hay reelección, no sería extraño que habilitar al menos una consecutiva sea uno de los cambios que quiera introducir Bukele, además de proponerse como el primer mandatario con seis años de gobierno.

El problema de la democracia es que cuando los gobiernos no son capaces de cumplir sus funciones más básicas, son muy pocos los ciudadanos que se preocupan por los contrapesos institucionales. Son minucias abstractas al lado de la seguridad y del trabajo.

“Las acciones antidemocráticas del gobierno de Bukele desde su llegada al poder y los escandalosos indicios de corrupción importan poco a esas mayorías empobrecidas, a quienes parece que les da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario, cuando están frente al dilema de la sobrevivencia diaria —dijo Aguilar—. Con la mayoría calificada, Bukele va a tomar control de todos los órganos del estado para no tener ningún obstáculo que le impida llevar adelante su proyecto político autoritario y de saqueo de todos los recursos públicos. El riesgo es que se vaya consolidando un orden caracterizado por la concentración de poder, la persecución y la neutralización de la oposición, incluyendo la prensa crítica y la perpetuación en el poder vía reformas a la Constitución”.

Cuando aparece un líder que promete satisfacer demandas largamente insatisfechas, cualquier decisión de una institución para ponerle límites es tomada como la respuesta de la casta corrupta contra alguien que trata de cambiar las cosas. Es mucho más reconfortante confiar en que Bukele sea un héroe que se enfrenta a los poderosos que verlo como un político con valores similares a los de sus enemigos, que aprovechó las circunstancias extraordinarias que se le presentaron para quedarse con todo.

Lo que se pierde de vista en estos casos es que los contrapesos que existen en las democracias más o menos efectivas son el único artefacto que inventó la humanidad para contener al Estado y garantizar mínimas libertades individuales. Si el Gobierno no encuentra poderes que le ofrezcan resistencia, la suerte de los derechos de los ciudadanos pasa a depender exclusivamente del humor del que manda.

“Las decisiones del presidente en el último año han mostrado un desprecio por las instituciones y por el régimen político democrático que emergió a raíz de los acuerdos de paz de 1992 —dijo Samour—. Sin embargo, el Gobierno repartió bonos, cajas de alimentos durante la pandemia y la campaña electoral, lo que le ganó la aprobación de la población, aumentada por la drástica reducción de la violencia y de los homicidios en el último año y medio. La encuesta de Latinobarómetro de 2018 ya manifestaba que al 54% de la población salvadoreña le era indiferente vivir en democracia o en un régimen autoritario, dándole prioridad a la solución efectiva de los problemas que más le afectan”.

La pandemia expuso la facilidad con la que Bukele está dispuesto a avasallar los derechos individuales. El gobierno salvadoreño arrestó de manera indiscriminada a cientos de personas por no cumplir con las medidas de confinamiento y las mantuvo encerradas durante semanas, en condiciones inadmisibles.

Desde Amnistía Internacional hasta Human Rights Watch, diversas organizaciones de derechos humanos denunciaron los abusos que se estaban cometiendo —siempre en nombre de la salud pública—. La Corte Suprema cumplió su función y declaró que muchas de esas detenciones eran inconstitucionales, pero Bukele se negó a cumplir los fallos en reiteradas ocasiones.

Lo que pasa desapercibido en las etapas de enamoramiento con este tipo de líderes es que, a la larga, difícilmente puedan solucionar los problemas estructurales que habían prometido resolver. Lo que sí pueden es descomponer las reglas del juego democrático. Y cuando eso sucede, las personas siguen tan inseguras y empobrecidas como antes, pero con muchas menos libertades y sin la posibilidad de elegir al menos quién las gobierna.

“El éxito político de Bukele ahora se ha convertido en una espada de Damocles. Si no viene pronto una sociedad con pan, paz y trabajo, el apoyo se puede convertir en rechazo. Si la nueva Asamblea no salda las grandes deudas con la sociedad, si comete los mismos errores de ARENA y el FMLN de marearse con el poder y con los recursos del estado, crecerá el riesgo de un estallido social antes de las elecciones de 2024. Si, por el contrario, cumple la mayoría de las expectativas que se han generado, tendremos una sociedad mejor. Personalmente, me gustaría este segundo escenario, aunque temo que el más probable es el primero”, sostuvo Hernández.

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